El Horizonte 4


Cuando se toca el horizonte con la punta y se huele cerca el sabor salado de la vida, uno se vara tan en seco que quisiera frenar el tiempo. Dejar de navegar y poner tierra de por medio. Aferrarse a cada granito de arena, si es posible, y dejarse querer por sus caricias suaves en esa barriga que se arrastra, agrietada y sucia de tanto romper olas.

 

Es bueno parar en ese momento y tocar el horizonte pero de lejos. Sí, lo sé, estás ahí pero espera, le dices. Quiero tener mi espera varada un rato, un rato largo quizá, tan largo que casi acabe desapercibida en esta playa, confundida entre arena, basura y sol. Con el verde esperanza de mi espera tornándose gris en ocasiones de tanto pensar esperando, de tantos momentos últimos vividos, de ver que se acerca la tormenta y pensar que llega la lluvia pero no llega.

 

No acaba de venir el agua a salvarme de la espera cuando se torna desespera. Momentos de agua sobre mi cara y arena seca a mis pies que no callan ni con una mísera tormenta, incapaz de crear ríos más que sobre mis mejillas. No quiero ríos de lágrimas, quiero ríos que me lleven al mar y olas que me hundan en el océano, allí lejos, donde toca la proa, donde se unen mar y cielo, una linea fina que esconde un lugar tan suave y dulce que nunca se inmuta. Así es el horizonte, fino, fijo, seguro, recto, imperturbable, siempre igual lo mires desde donde lo mires, lo mire quien lo mire. Como la esperanza. Verde y gris.

 

Para Isabel, por regalarme esta barca verde que mira al horizonte


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